El fruto que se perdía
El copoazú maduro dura tres días. Sin frío ni transformación local, buena parte de la cosecha se quedaba en el camino: el ingreso llegaba una vez al año y nunca alcanzaba.

Ciento veinte mujeres decidieron que la pulpa no saldría más del territorio sin transformarse. Hoy procesan, formulan y negocian; el bosque que las rodea dejó de ser una frontera agrícola.

“Antes vendíamos el fruto por kilo y comprábamos el producto terminado a cinco veces el precio. Ahora el valor se queda donde crece la planta.”
Aurora Chasoy · Presidenta de la asociación · Putumayo
El copoazú maduro dura tres días. Sin frío ni transformación local, buena parte de la cosecha se quedaba en el camino: el ingreso llegaba una vez al año y nunca alcanzaba.
Con una despulpadora, un cuarto frío de cuatro metros y un protocolo de inocuidad aprendido en seis meses, la asociación empezó a vender pulpa congelada y manteca en lugar de fruta suelta.
El siguiente paso fue el sacha inchi: aceite prensado en frío y torta proteica que antes se descartaba. La combinación abrió la puerta a compradores de cosmética y nutrición.
Cada hectárea agroforestal bajo acuerdo produce ingreso cada año. La presión por tumbar monte para pasto cayó, no por prohibición, sino porque el bosque en pie empezó a pagar mejor.
38 mujeres formalizan la asociación y compran la primera despulpadora.
Certificación de buenas prácticas de manufactura y primer contrato de pulpa congelada.
Prensado en frío de sacha inchi y valorización de la torta proteica.
120 asociadas, 4 líneas de producto y acuerdos de conservación en 2.400 hectáreas.


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